Fui muy indisciplinada la semana pasada. Viajé dos veces, estuve desordenada con la comida y entrené poco. Algo que aún es un reto para mí es aprender que mi vida deportiva debe continuar esté en mi casa o esté en la China.
El domingo corrí por 45 minutos. Me sentí muy pesada, porque obviamente lo estaba. Mi cuerpo no perdona la ingesta indiscriminada de carbohidratos.
Yo nunca quiero estar gorda. Decidí que me mantendría delgada de por vida, pero además del asunto vanidoso y de salud, está la realidad: más kilos, más difícil correr. Soy muy obsesiva con el peso, pero decidí no pesarme. Sin embargo, ya conozco lo suficiente mi cuerpo para saber que el domingo estaba corriendo con más o menos un paquete de Harina Pan en cada mano. Ese par de kilos demás y el calor que hacía, por haber ido a entrenar más tarde que de costumbre, hizo que terminara roja como un tomate.
El alivio fue cuando entré a la piscina. Después de correr fui por un chapuzón. Nadé tranquilamente 30 minutos. Hice series de 10 piscinas, descansando entre serie y serie. Me sentí maravillosamente bien. En el agua no importa si pesas más, igual parece que uno fuese livianito flotando.
La lección: hay que mantener más o menos el entrenamiento. Es comprensible que se debe ser flexible pues tal vez no puedes entrenar todos los días que te corresponden, o no puedes mantener tanta disciplina con la comida, pero tirarse completamente al abandono como yo suelo hacer es muy mala idea, sobretodo porque después se sufre. El cuerpo te las cobra toditas.
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